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Míchel Noguera (Gabriel Noguera)

“Estar en paro concede mucho tiempo para escribir, así que podríamos decir que las políticas económicas y sociales de Rajoy son estupendas para la literatura”

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Foto: Sonia Marpez

“Somos pocos y mal avenidos: estupendo. Pero tenemos que seguir siendo pocos, porque si no no seremos ninguno”, declaraba hace unos años Alberto Olmos, en defensa propia de un sindicato literario joven en el que, a fuerza de mediatizarse y exigir seriedad, se acabó convirtiendo en un caricatura, en un reality show sin gluten para el espectador curioso que no entraba -ni quería- en un juego donde la pose y el amiguismo, reinaban por encima de todo. Míchel Noguera (Gabriel Noguera), autor de la obra Fuera de Trama, vio que todo este entramado literario vip era parodiable y se lanzó a ello en una novela pirandelliana, en la que sus personajes, ebrios de mamoneo y odio ante todo aquello que pretende criticar su propio cortijo, se funden en un viaje donde la poesía siempre es una excusa para cometer algún que otro “crimen”.

¿Quién es Gabriel Noguera?

Es la pregunta legítima que se hará todo el mundo al ver esta entrevista enlazada por ahí, sí. Nací en Gotemburgo, en 1978 (el año en que se estrenó Grease), vivo en Málaga y soy un tipo moreno, con gafas, pelo largo y pinta de despistado. También soy un tímido patológico, como Woody Allen, con el que además comparto el no ser muy alto (no importa, tampoco lo eran Picasso, Louis de Funès o Víctor Manuel III). Escribo, pero con poco éxito de público (yo me consuelo afirmando que mis libros son para los menos, como decía Nietzsche en El Anticristo). La crítica tampoco sabe de mi existencia, así que me deja tranquilo. Por otra parte, llevo la revista digital Obituario con mi concubina, Sonia Marpez. Más o menos, eso es todo.

¿Cuál es tu ocupación primera?

Yo diría que quejarme. O tal vez observar el vuelo tranquilo de los pájaros que habitan mi cabeza. En esas dos cosas se me va casi todo el tiempo.

¿Qué te llevó a escribir?

Aparte de la soledad, el ego, que me lo susurraba por las noches. Esto se podía haber solucionado con un buen antipsicótico, pero era caro, no lo cubría la Seguridad Social. Ahora pienso en el dinero que me he dejado en tinta, papel y envíos por correo a concursos literarios y editoriales y me doy cuenta de que los fármacos habrían sido más baratos.

¿Y a escribir Fuera de trama?

El deseo de justicia. Millones aparte, mi parecido con Batman es notable: los dos tenemos graves traumas infantiles y delirios de grandeza. Ya en serio, todo empezó en 2010, cuando conocí por vez primera cierto mundillo literario donde impera la pose y el amiguismo. Durante estos últimos años me pareció que era muy parodiable el asunto y me sorprendía que nadie dijera en público que el emperador estaba desnudo, aunque en privado lo admitían muchas personas. La gente tiene miedo, pensé, no quieren significarse, impera la omertà, la ley del silencio. Y me dije: tú no tienes nada que temer, que por suerte no eres nadie. When you got nothing, you got nothing to lose, que cantaba Dylan. Es difícil acabar en listas negras cuando ni siquiera figuras en el sistema. De todos modos, intenté que la novela funcionara a otros niveles, que no es que todo el mundo esté informado de estos asuntillos tan pedestres.

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¿Escribes para que te adoren? ¿pretendes vender? ¿por qué la ambición está tan mal considerada en este país?

El autor tiene un monstruo en el armario, pero no es el coco o el hombre del saco, sino el ego. Y al ego no le basta con sueños para alimentarse, te exige realidades. Te exige que seas el rey del mambo y que lo seas ya. Claro, esto de ser el rey del mambo es muy difícil. A mí no me sale, que carezco de las habilidades sociales o encanto físico para que me asedien lujuriosas jovencitas en las fiestas. Entonces uno se ve obligado a negociar con el ego, que se comporta como un capo mafioso: «nada de aplazamientos, nada de medias tintas, ¿dónde está el Nobel? ¿Dónde está el aplauso entusiasta del público?». Y el autor traga saliva ante la perspectiva de explicarle al ego que no hay público, que uno escribe para nadie en una habitación vacía (muy probablemente en calzoncillos) y que al mundo no le importa lo que tengas que decir. Bueno, esto es en mi caso, que a los reyes del mambo les va bien, supongo.

Por otra parte, a mí me encantaría vender, ya que estoy en la ruina económica y moral y me gustaría salir de ella, pero de manera digna, como Nirvana en su día o R.E.M. con el Out of time o el Automatic for the people.

En cuanto a la ambición, no creo que esté mal considerada. Otra cosa es la prepotencia o las ínfulas (no confundir con las nínfulas, que siempre son bien recibidas).

Da la sensación, y lo agradecemos mucho, que cuando escribes te lo pasas muy bien y tienes un punto de humor muy importante.

Vaya, me alegra mucho saberlo. En realidad sólo disfruto en las raras ocasiones en que todas las piezas parecen encajar, todo fluye y río como un maniaco mientras tecleo a buen ritmo. El resto del tiempo es un sufrimiento constante en busca de la frase adecuada. No sé, la literatura es un poco como ser un niño explotado en una fábrica por una multinacional de calzado deportivo: con suerte, alguien disfruta del producto final. Y la paga es similar.

¿Qué relación mantienes con tus contemporáneos?

Me llevo mejor con los decimonónicos, a ellos les debo mi educación sentimental (y a Ashlyn Gere, pero en otro plano). Con los contemporáneos hay que convivir, que habitamos el mismo planeta. No sé, el vecino del cuarto es mi contemporáneo y me saluda en el ascensor, pero tampoco tenemos mucha más relación. Aunque tú te refieres a escritores, claro. Conozco a varios poetas andaluces, muy majos todos. A Javier López Menacho, un gran tipo. Y ya está, no conozco a ningún otro escritor en persona. En Facebook tengo a muchos, pero no es lo mismo, no creo que cuente.

¿Crees que te han influido en tu obra o en tus ambiciones?

No, la verdad. Las obras nuevas son carísimas y tardan en llegar a las bibliotecas. Houellebecq dijo que empezó a leer a sus contemporáneos al tener dinero, a mí me pasará igual, espero (¡espero!).

Endogamia, corporativismo, amiguismo… Difícilmente encontramos reseñas negativas entre el sector más joven. Prima la complacencia. Y si nos atenemos a esas reseñas, al año se publican cientos de obras “necesarias”. Esto es, digamos, la parte más visible. ¿Cómo valoras este panorama? ¿Hay vida más allá de él?

Te has olvidado de «brutal» e «impresionante», que también lo dicen mucho. A mí este amiguismo me fascina, sobre todo porque prima entre gente muy joven y una actitud tan de político parece lo menos juvenil del mundo. Pero qué sabré yo de esto, que era grunge en el instituto. ¡A lo mejor siempre fue así entre los chavales populares! Aunque esto de los círculos cerrados es muy español. Español y casposo, de señores del PP. «Yo te rasco la espalda y tú me la rascas a mí». Sorprende que gente tan joven y supuestamente moderna monte un sindicato del crimen y trate a la literatura como un cortijo privado. «Lo guay es lo nuestro y tú no estás en la lista», vienen a decir. Lo triste es que ves a gente que molaba (porque era íntegra) pasar por el aro del mamoneo y te deprimes. Hay vida más allá del servilismo, pero es una vida difícil. Con cucarachas escalando la pared, como cantaba Jarvis Cocker.

Parece que vivimos en un tiempo donde es complicado no parecer rancio o reaccionario cuando uno no se une a la enorme celebración de la cultura en la que parece estar todo el mundo. Es como si importaran más las convicciones que los hechos. Los libros son sagrados desde que se imprimen, ¿qué más da su contenido?

Bueno, el carácter sacro de los libros no me parece mal del todo, es una religión a la que podría pertenecer, pero hay libros atroces que merecen la peor de las torturas, sí. Sin embargo, muchos de estos libros son celebrados por intereses personales sin importar el flaco favor que se le hace a la cultura con esto. A la literatura joven le hace más daño una crítica positiva mentirosa que una crítica negativa honesta.

¿Ves el actual campo de la literatura de forma pirandelliana, es decir, como “personajes en busca de autor”, “fuera de trama”? ¿Somos una generación que está más pendiente de ser escritor que de escribir?

No sé, a mí siempre me ha parecido que los demás saben hacia dónde se dirigen, como si vieran señales de tráfico invisibles a mis ojos. Para mí la realidad es un traje incómodo, hecho a la medida de otra persona. Seguramente por eso empecé a escribir, para inventarme una realidad a mi gusto. Una en la que puedo dirigir a mis personajes como Hitler dirigía a sus divisiones fantasmas los últimos días en el búnker. Quizá por eso he vivido siempre con la impresión de que declararme escritor era decirle a la gente: «buenos días, soy un pajillero». Sin embargo, otros pasean con mucho donaire esto de la escritura. Viste mucho, al parecer. Como el dolor. Resulta que el sufrimiento también viste, por aquello del malditismo. El sufrimiento falso, claro, que cualquiera que lo haya experimentado de verdad podría decirle a esa gente que el dolor no tiene nada de bonito o épico. El dolor es una mierda y si se escribe de él es para destilarlo en otra cosa, para intentar sacar algo de ello y, sobre todo, superarlo. Nada más, las heridas de verdad no se exhiben como si fueran medallas.

¿Crees que lo mejor que le puede venir a la literatura y a la crítica es salir de cierta “zona de confort”, juntando y colaborando con gente casi opuesta ideológicamente que gente de la misma cuerda, proclive a estar en el mismo compartimento y pensar de forma muy parecida?

Claro, pero en todos los ámbitos, para no perder contacto con la realidad, que está en constante evolución (más o menos). Conocer otros puntos de vista nunca hace daño. Pero aburguesarse es más cómodo, requiere menos esfuerzo mental.

¿En qué medida crees que están afectando los cambios sociales en la literatura?

Pues… estar en paro concede mucho tiempo para escribir, así que podríamos decir que las políticas económicas y sociales de Rajoy son estupendas para la literatura. Aparte de eso, se supone que la literatura refleja la realidad o la enmienda, así que es lógico que afecte, aunque no sabría decirte en qué medida. Por otra parte, también hay una corriente reaccionaria bastante fuerte: por ejemplo, hace poco leí un artículo en el que denunciaban la industria cárnica desde el punto de vista de los corderitos y me recordó mucho a esos ridículos textos antiabortistas escritos desde la óptica del cigoto. Oye, que la prosopopeya está muy bien, pero es terrible que al final la derecha marque tendencia, con lo burda que es.

¿Crees que nuestro problema actual no son las “masas” aborregadas, sino las “élites carroñeras”?

Bueno, élites carroñeras ha habido siempre, que les pregunten a los Gracos, el problema es que las masas se dejan mangonear con una frecuencia altamente masoquista, sobre todo en este país de mala muerte. Los poderosos son patriotas de su bolsillo y de manera descarada, pero consiguen engañar a la gente con cuatro frases facilonas. ¿Cómo se soluciona esto? Somos culpables de nuestra inacción, pero no de la del vecino, al que no podemos obligar a zurriagazos. ¿Qué se puede hacer? Mi plan es escribir algún día un bestseller y comprarme una isla privada lejos del mundo; no tengo respuestas más realistas a este problema.

¿Por qué crees que predominan las narraciones exhibicionistas en literatura?

Es natural: a todos nos gusta masturbarnos. El yo como Alfa y Omega. Mírame a mí, respondiendo preguntas como si fuera alguien importante. Todos sufrimos de síndrome de Estocolmo hacia nuestra persona, por pasar tanto tiempo con nosotros mismos. Estamos tan acostumbrados a nuestra presencia que creemos que el mundo necesita conocernos. Es muy reconfortante sentirse especial, por eso lo hacemos todos.

¿Crees, como afirma Ricard Millás, que hay “mucha poesía pero poca diversión”?

A mí me parece que hay mucha diversión (para unos pocos), pero escasa poesía.

Con la de cosas que hay por decir, ¿por qué todo suena igual?

Nadie quiere ser la nota discordante. Nadie quiere desfilar a otro ritmo y que lo señalen como al recluta patoso, que luego le pegan con pastillas de jabón dentro de calcetines. Es mucho mejor sonreír a todo y pertenecer. ¿No es bonito pertenecer? Es la base de toda buena secta.

¿No hay mucha autocensura, mucho estar pendiente del qué dirá el otro?

Si fuera sólo por el deseo de agradar en momentos puntuales, tendría un pase. Hay mucha autocensura en el ligoteo, por ejemplo. No le confesamos a la chica que nos gusta que queremos atarla a la mesa, ponerle una pera en la boca y rellenarla por detrás como si fuera un pavo, por ejemplo. Al menos, no en la primera cita. Tal vez lo comentemos en la segunda, de pasada, para ver si está receptiva a las perversiones de la vida moderna. Puede que toda la culpa sea de Zuckerberg y esta cultura del «me gusta». Queremos aceptación, necesitamos aprobación de nuestros pares (y de nuestros superiores, si puede ser). No creo que nada de esto sea sano, tanta represión tiene que salir por algún sitio. No me extrañaría nada que un día de estos empezáramos a asomarnos por la ventana a gritar: I’m as mad as hell and I’m not going to take this anymore! Qué sé yo.

¿Por qué no hay ninguna estructura que potencie el talento y sí el modernismo estúpido de pega?

Es lo mismo que pasa con los medios de comunicación: ¿por qué hay tantos de derechas y tan pocos (casi ninguno) de izquierdas? Pues muy sencillo: ¿dónde está el dinero? Toda esta exaltación del hipsterismo y sus valores de apariencia no deja de ser el pijismo de toda la vida. Es el triunfo del mercado y su libertad de elección entre opciones vacuas: peinado, longitud de barba, tatuajes, ropa, comida molona, etc. Los pobres no tenemos medios para montar estructuras que potencien nada, bastante nos cuesta sobrevivir.

¿Crees que el público español es muy vago? ¿Somos una sociedad muy puritana?

No creo que sea más vago que cualquier otro público, pero tampoco he estudiado el tema, no soy quién para opinar. En cualquier caso, todos formamos parte de ese público, no es un ente ajeno a nosotros. En cuanto al puritanismo, creo que sí que lo somos más de lo que creemos. Al fin y al cabo, son muchos siglos de catolicismo. Lo lógico sería que nos liberásemos de ello poco a poco, pero las cruzadas de lo políticamente correcto pueden hacer que esto cueste más.

Esta política del artisteo generalizado a todos los niveles, ¿no crees que homogeneiza e indiferencia? ¿Acaso no anula el propio arte? Es decir, que puede que haya grandes artistas, pero como todo es arte y todos somos artistas, ¿qué más dará?

Sí, tienes razón. Eso de «todos somos artistas» hace años que lo dice con sorna un amigo mío ante todo esto. Ahora bien, la democratización de la cultura y de la creación es algo positivo. Vivimos en una época maravillosa desde ese punto de vista. Lo que sucede es que los precios caen cuando hay sobreabundancia de algún recurso. Por eso es tan importante la labor de la crítica honesta (que tampoco es infalible, ojo) para hacer algo de criba. No se le puede negar a nadie su derecho a expresarse de forma artística, otra cosa es que su obra tenga valor artístico real. Por ahora somos artesanos, pues creamos un producto que está ahí y es indiscutible. Otros tendrán que dictaminar si es arte o no. Claro que, de nuevo, el ego te susurra a todas horas: «recuerda que NO eres mortal, recuerda que NO eres mortal». Pero el tiempo dictará sentencia, en cualquier caso. Con suerte, ya no estaremos para verlo.

¿Qué me dices de este discurso generacional que neo-darwinista que asume que nuestra generación rompe con la anterior, que está a otro nivel, que podemos ser “brillantes” en cero coma gracias a Internet? ¿Es tan bestia lo que está pasando en Internet? ¿Somos la generación más preparada de la historia? Crees, como afirma Vicente Monroy, que lo que se está dando ahora, la cultura que tenemos, no la ha tenido nadie nunca.

A mí eso me suena a The Corrs cantando So Young. Oh, molamos tanto… porque somos jóvenes. Y después llegarán otros que molarán… porque serán jóvenes. Y ya está. Qué bonitas son las Juventudes Hitlerianas. Internet es una gran herramienta de comunicación y gracias a ella podemos acceder a un montón de contenido cultural y de ocio (y porno, claro), pero no nos hace más listos ni más sabios de manera automática. La de cantidad de tiempo que se pierde en internet viendo la enésima chorrada. O vídeos de gatitos. Por no hablar del exhibicionismo compulsivo, el ombliguismo y onanismo virtual. Qué pesadez. En cuanto a la preparación, es mentira. Se ha bajado la barra. Ahora somos más burros que antes. Antes, la persona que estaba formada tenía una cultura de la hostia. Nosotros en cambio manejamos cuatro referencias y nos creemos los más listos del barrio. Somos gilipollas.

Toda esta cultura del meme ha generado una cosmovisión infantil, irónica frente a cualquier discurso, a más memeces, más seguidores, más recepción, etc, ¿crees que esto ha afectado negativamente tanto en los creadores como en los consumidores? ¿Tenemos que asumir nuestro tiempo sin más?

Los que están encantados con esto son los poderosos, que en vez de salir a quemar sus palacios nos «vengamos» de ellos con divertidos memes. Somos unas mascotas muy bien adiestradas.

¿Cómo es que somos una generación tan nostálgica sin haber llegado ni siquiera a los treinta años?

Bueno, yo tengo treinta y seis, pero supongo que es porque siempre se echa de menos el esplendor en la hierba, aunque fuera ficticio. La Edad de Oro, un mundo más inocente, no sé. Nos creemos la narración sesgada que hacemos de los hechos, somos unos revisionistas.

¿Es la ironía imprescindible en estos tiempos?

Siempre lo es en tiempos oscuros. La ironía es una cerilla que usas para alumbrarte y darte calor.

¿Qué me dices del exceso de positivismo en todas las esferas?

No sé qué decirte, no creo que lo que nos haga falta sea más metafísica, la verdad. Es normal aferrarse a cosas tangibles, especialmente a la anatomía de alguna bella Fräulein.

¿Estás trabajando en algún proyecto? ¿Algún proyecto de publicación entre manos? ¿Algo que quieras desvelar?

Ahora en mayo publicamos con la Fundación Málaga un libro en el que cincuenta colaboradores de la revista Obituario dan su particular visión sobre la muerte. En un alarde de imaginación, el libro se llama Obituario. Aparte de eso, he vuelto a mis relatos y a perder concursos literarios, que es donde está la sal de la vida. Mi novia me insta a escribir una segunda novela, pero yo tiro balones fuera con la excusa de que la segunda novela siempre es más difícil y blablablá. La indolencia como forma de existir, ya sabes.

¿Qué es lo más interesante que está sucediendo en el mundo editorial español hoy? ¿Alguna obra o autor que recomiendes?

Tendría que conocer todo lo que sucede en el mundo editorial español para opinar con pleno conocimiento de causa. Ya te digo, los libros nuevos son muy caros y yo estoy en el arroyo, imposible acceder a todos ellos. De las novedades leo sólo lo que me prestan los amigos, los blogs (que están de capa caída, pero siguen siendo gratuitos), lo que llega a las bibliotecas, alguna cosa en la librería cuando no miran los dependientes, etc.

¿Qué propondrías para hacer de nuestra vida algo mejor?

Tener dinero ayudaría. En esto los políticos nos llevan años de ventaja, por eso nos gobiernan.

Y para terminar, ¿qué planes tienes para el futuro?

Nunca tengo planes, eso es para gente organizada y yo soy un desastre, como evidencia esta entrevista. No tengo un fin claro, vivo a salto de mata, siempre llevado por el impulso de los esfuerzos inútiles. Además, en un mundo dominado por oscuras y poderosas fuerzas, ¿quién soy yo para planear nada?

 

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