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Agustín Fernández Mallo

“El mayor acto de respeto para con el lector es ignorarlo”

AGUSTÍN

Aprovechamos que Agustín Fernández Mallo vino a Valencia para dispararle toda la batería de preguntas que se nos ocurrieron minutos antes de entrar en la librería. Se nos olvidó preguntarle sobre la paella y sobre el fenómeno urbano de la rotonda, tan popularizado por estas denostadas tierras. Pero prometemos tenerlas en cuenta para la próxima sesión dance be free de preguntas.

Desde aquí queremos agradecer a la librería Ramón Llull la posibilidad de entrevistarle. Nos dieron agua y un cariñoso besito en la frente.

Algunos de los integrantes de Psychonauts son diseñadores, y al leer tu última novela: Limbo, han gritado VIVA por la presencia constante que reciben los objetos a lo largo de la obra. ¿Qué hay ahí? Estamos muy contentos, pero, ¿qué hay detrás de todo eso?

Eso es cuando el objeto se te revela epifánicamente. Cuando el objeto habla. Bueno, no habla el objeto, hablas tú, pero te parece que el objeto habla. Y eso es algo que siempre me ha interesado. Los objetos actúan y también sobreactúan. Hay un momento, en Limbo, en el que una chica se da cuenta de que los objetos han dejado de sobreatcuar para ella, por lo tanto, ella está muerta. La relación con el objeto también nos define, lo vivos o muertos que podemos llegar a estar a partir de nuestra identidad. Es una forma de ver las capas de realidad que hay detrás de las cosas. Dos objetos iguales no llegan a ser nunca idénticos.

La poética del objeto

Claro, hay una poética, pero una poética que tú tienes que ver y construir. Que se te muestra cuando ves las caras que nadie había visto, la otra realidad, que puede haber en las cosas. Lo interesante de los objetos es que todos son diferentes. No existe una copia perfecta de nada; una copia es un original en sí mismo. Los objetos, para mi, tienen vida: mutan, cambian y nos dicen cosas dependiendo del contexto, y hay en ellos, como te he dicho, una capacidad de generar epifanías. Cuando un objeto se te revela como algo único, es un momento en el que puede que veas ahí toda la totalidad de algo concentrada. Y eso es algo que me interesa muchísimo.

El cuerpo, en Limbo, parece que también se muestre como algo mecánico, frío, distante, objetivado.

Puede que aparezca fríamente, pero sin embargo, la chica que está secuestrada, a través de su cuerpo, llega a tener sublimaciones, ideas, repasa su vida, reformula su identidad… Y eso es a través del cuerpo. Entonces, sí, puede que sea una visión un tanto distante, pero cuanto más fríamente se trate, más poético lo veo.

Hay mucho de lo cotidiano en tu obra.

De hecho, toda mi literatura se base en cosas cotidianas vistas desde otra manera. Y no hay mucho más. Yo no creo que haya que irse a lugares raros, ni a tramas muy raras. No, todo está ahí, sólo hay que verlo.

¿Y las redes sociales? ¿Qué pasa ahí?

Yo creo que lo que hacen las redes sociales es crear identidades secundarias o terciarias. Reconfiguran la identidad. Pero ya no sé si de una manera objetiva o no. Es una manera de acercamiento, pero más que a los demás, a ti mismo, al yo, viéndote ahí, reflejado por el feedback, que es una cosa muy rara. Hasta hace poco nadie construía su identidad, salvo la gente “famosa”, a través del feedback que le daba gente que no conocía. Ahora eso ha cambiado y no sé hacia dónde, ni si es bueno o si es malo, seguramente ni es bueno ni es malo, sencillamente es, y ya está.

¿Crees que nos sentimos más conectados con los objetos que con las personas?

El exceso de objetos nos lleva al aislamiento. La tecnología te despoja de todo lo que tienes, y al final, uno se queda sólo con su propio cuerpo, que es como una carcasa de todo enlace afectivo.

Nos está cambiando la identidad, por eso, creo que es importante volver a relacionarse con uno mismo.

Volviendo a tu novela, parece que la identidad de los protagonistas esté narrada desde fuera, como si una cámara cenital sobrevolase el firmamento. ¿Es la identidad personal una alucinación del ego?

La identidad está conformada por todas esas esferas de información solapadas que pueden también estar hablando de nosotros -seguro que están hablando de nosotros-, o aludiendo a algo, y nosotros no lo sabemos. Y sin embargo, esas informaciones configuran nuestra identidad. La idea de que haya algo que está conformando mi identidad, pero que yo no sé dónde está ni sé qué es exactamente esa cosa, y que nunca lo sabré, me parece algo bastante vertiginoso. Y más aún, o doblemente vertiginoso, al darse uno cuenta que en verdad es el solapamiento de muchas informaciones, por lo que no hay un autor al que apelar. No hay nadie a quien buscar. Eso que hace cinco siglos le llamarían el ojo divino y dirían: es dios, es dios que nos mira. Hoy en día, no hay ese dios al que apelar porque es un solapamiento de muchos entes, de muchas informaciones, y el yo se diluye, o el ente que nos construye se diluye. No digo de que sea algo malo o bueno, sencillamente, desde el punto de vista personal, me produce un vértigo que me parecía interesante repensar a través de la literatura. Y siempre, como en todas mis novelas, no buscando respuestas, porque no creo que una novela sea para plantear respuestas, sino para plantear preguntas de una manera diferente. Así es como veo yo Limbo, y el resto de mis libros, a un nivel filosófico: creo que todos plantean la idea de una especie de realidad compleja, la idea de que estamos en una especie de red, conectados, y no me refiero a internet. Internet es sólo una subred de miles de redes que nos rodean.

Un entramao. Una movida muy loca.

Pero es en esa complejidad donde mis novelas trazan links, de un lado a otro, establecen analogías, entre puntos muy distantes, y bueno, para mi esa es la esencia de la poesía. La esencia de la poesía es la metáfora, y la metáfora no es otra cosa que relacionar dos objetos que en principio están muy alejados, para llegar a un solapamiento parcial de sus significados. Parece una tontería, pero una metáfora que hoy en día no se puede hacer, porque queda mal, como es el caso de: tus ojos azules son el mar. Metáfora que hoy en día parece sacada de una telenovela -y ni las telenovelas se atreven ya a soltar una metáfora así-. Pero hubo un día en que eso fue un gran hallazgo, hace muchos siglos. La primera persona que unió ojos azules con mar, dos conceptos que en principio no tienen nada que ver, creó realidad. Y ese es el funcionamiento de cualquier acto creativo: crear realidad. La poesía es el acto de confundir objetos que produzcan metáforas y que alumbren una semántica nueva. Y eso es lo que, de una manera muy inconsciente, hago en toda mi narrativa. También es verdad que no me cuesta demasiado, es algo que fluye de una manera bastante rápida y cuando veo que me cuesta, lo abandono, porque creo que se va a notar, que ahí pasa algo.

¿Y qué quieres dar a entender con Limbo?

La verdad es que no lo sé. No es una novela con la que quiera dar a entender algo concreto. No suelo reflexionar, o reflexiono muy poco acerca de lo que estoy escribiendo, porque creo que si reflexionara, tal como soy, me impediría avanzar. Me impediría escribir. Las reflexiones pueden venir luego, cuando el libro ya está terminado, o incluso, bastante tiempo después de que el libro esté terminado. Yo vengo de la poesía, y en la poesía no es normal hacerse un esquema del poema que vas a escribir. La narrativa la abordo de la misma forma. Yo empiezo a escribir y no sé muy bien a dónde voy. Hay un horizonte donde intuyo que ahí hay algo, y voy hacia eso. Es como el enamoramiento. Cuando nos enamoramos de alguien, desconocemos totalmente cómo es ese alguien, pero sabemos que ahí hay algo que queremos, y queremos ir más, hacia esa persona, a ver qué hay. Pues cuando escribo, el mismo acto de escribir es eso, voy hacia lugares que no sé. Es muy orgánico, en ese sentido. Incluso cuando escribo ensayo. Mis ensayos son poemas disfrazados de ensayos. Es como un sistema de intuiciones que funciona por calambres que me llevan de un lado a otro, como en una red. Y son intuiciones poéticas. Muchas de las cosas que escribo no las sabría explicar, de una forma racional, por qué las hice, pero hay una conexión poética entre eso y lo que ha ocurrido, por ejemplo, cien páginas antes. O como en el caso de mis anteriores novelas, donde el punto de unión son las emociones de cientos de personajes contadas a través de las convergencias de redes: un modo de narrar transversal donde, como en la poesía, las cosas se unen a través de lazos metafóricos, no analíticos ni hiperracionales.

La literatura es música, no una enciclopedia de consulta.

No te interesa hacerte preguntas mientras escribes.

No, además, creo que el exceso de erudición reflexionada en el acto de escribir puede llevar a un bloqueo. Escribo por que sí. Voy dando saltos, sin saber por qué los doy, y eso creo que son los verdaderos hallazgos, de lo contrario, creo que me aburriría. Preparar mucho las cosas las desactiva y no dejaría lugar para la improvisación y la búsqueda del azar. No me interesa buscar una explicación. Creo que pensar ese tipo de cosas sólo te hacen perder un tiempo que podrías emplear en escribir o en ver la tele. No creo en el autoanálisis más que como curiosidad. No sé de qué me valdría conocerme a mí mismo, si siempre hay un sistema de coordenadas o un sistema cultural que refutaría tal conocimiento. Cuando escribo, estoy todo el día en estado de azar, atento a las epifanías de las pequeñas cosas que hay en la cotidianidad.Para mí, el acto creativo es un estado de extrañamiento con respecto al mundo. Tanto en las artes como en las ciencias. El narrador, o el creador, es el que consigue ver un objeto por primera vez, y el que llega a transmitir esa visión como si fuera un extraterrestre. Cuando a Newton le cae una manzana, en caso de ser verdad la anécdota, cosa que no es así, pero pongamos por caso: ¿Qué hace Newton? Pues sencillamente ve esa manzana de una manera que nadie había visto hasta ese momento. Y el hombre elabora una teoría, porque ve la manzana girada, de otra manera. Y eso es un poco lo que le pasa a mis personajes, que tienen una mirada con respecto al mundo extrañada. Como si algo se hubiera desenfocado ligeramente para ver las otras capas de realidad.

En relación a la ciencia, tu obra está plagada de referencias a la física, ¿en qué modo influye tu formación como físico en tu obra?

Para mí la física es un gran poema. No es la realidad sino una representación de la realidad, y como tal, es susceptible de ser tratada como ficción. En mis libros no me interesa introducir la ciencia a modo de argumentación, como puede hacer la ciencia ficción, o como puedan hacer las novelas de Sherlock Holmes, por ejemplo, donde aparece la ciencia como trama. Me interesa, más bien, cuando la ciencia, o en este caso, la física, crea en sí misma metáforas. Pones un concepto científico, y cómo, sin explicar mucho más, eso abre ya un sentido a otras cosas, y alumbra a otras más. Eso es lo que más me interesa del manejo de la ciencia. Y claro, para manejar eso, no se trata tanto de hacer una pedagogía dentro del libro, de hacer una explicación. Más que eso, se trata de utilizar las palabras, el contexto, la atmósfera requerida para que luego, con poner una sola frase científica, aunque el lector no sepa muy bien de qué va, ocurra algo. Y eso no es nada fácil, porque hay que crear las condiciones previas, y no a un nivel de explicación, como de atmósfera. En muchas partes de mi proyecto Nocilla pongo cosas científicas que en realidad no son de la trama. Lo único que hacen es crear una atmósfera, un relato, una historia.

La literatura como una forma de investigar las cosas.

Claro, la literatura me permite expresar de una manera combinada, tanto mis intuiciones científicas, como mis intuiciones filosóficas, o mi contemporaneidad, y ponerlo todo en un formato único. Para ello, la novela es ideal, ¿no? Porque sabemos que en la novela, como dice el tópico, todo cabe.

¿Qué relación tienes con el lector?

La relación con el lector es algo que en principio no me hace mucha ilusión. Cuando escribo, escribo para mí, y creo que el compromiso del autor debe ser para él mismo, únicamente. Y creo, también, que es la única manera de hacer algo honesto. No pensando en para qué le va a servir a alguien, o a otro alguien, o por si va a gustar. A veces, me preguntan, ¿escribes para el lector? No. Para empezar, por un impedimento lógico: que no existe EL LECTOR. Si sólo hubiera un lector en el universo, podría escribir para él. Pero como no lo hay, como hay millones de lectores, es absurdo intentar contentar a millones de personas. Y por otra parte, hay una cosa de honestidad. Yo creo que hay que escribir para uno mismo. Una investigación poética, estética… Siempre tiene que ser para ti. Creo, de verdad, que el mayor acto de respeto para con el lector es ignorarlo; sólo así puedes hacer algo honesto. Si escribes pensando en lo que puede o no puede gustar, el fracaso es seguro.

Tampoco me interesa la utilidad social de lo que emprendo: escribo para investigar mi poética, crear mi mundo. Si eso luego le vale a alguien, pues mejor, pero no es el objetivo primero.

Escribes con la pretensión de investigar tu propio mundo.

Escribo para mí, pero supongo que es para construir e investigar mi propio mundo poético y material.

Una de las cosas que aprendí de Borges es a narrar siempre como si fueras un poco tonto. Como si no te estuvieras enterando demasiado de lo que estás haciendo. O que el lector tuviera la impresión que divagas y que no tienes claro a dónde vas. Creo que eso es importante. Que las dudas que el lector tiene sienta que el autor también las tiene. Porque si no se convierte en una especie de gurú que va guiando al lector por un lado y otro, y el lector no se siente libre, se siente atado en una especie de ser superior, de una deidad que lo conduce, y eso termina por no gustarnos, porque queremos ser libres. Esto es una cosa que pocas veces la crítica señala.

¿Y las problemáticas sociales? ¿no te interesan?

En mi literatura no toco los temas sociales de manera directa, porque creo que en toda literatura hay una moralidad, y que si la subrayas y la pones muy explícita, puede sonar a algo muy panfletario. A mi ese tipo de literatura no me interesa. Para eso prefiero leer un ensayo o ir a un político. Y por otra parte, no creo que el escritor sea un pontífice, ni un sacerdote, ni un líder de masas. Ni mucho menos. Cuando yo digo que son políticas, quiero decir que son miradas que hablan de mi mundo, y eso significa que hablan del mundo, y hablar del mundo es una postura moral. Y como postura moral, es política. A menudo se confunde la palabra política con ideología, o con los partidos políticos. Nada que ver con eso. No pretendo aleccionar a nadie. Son políticas porque están comprometidas con mi realidad, que es compleja e intento hablar de ella.

Claro, no pretendes transformar a la sociedad.

Como mucho, puedes transformar a la persona que lo lee, pero sin pacto de decir, bueno, esto va a tener una repercusión que va a transformar algo, que va a mover el mundo. Eso es algo que hoy en día sabemos bien. Las grandes utopías han cambiado. Hoy creemos que nada que no lleve una parodia dentro de sí mismo sea creíble. Por eso, no nos creemos esos grandes relatos. La postmodernidad ya ha pasado, o casi ha pasado, y sabemos que esas cosas tan utópicas y serias tengan algún sentido hoy.

Pero volviendo a mis novelas, creo que responderían a un realismo complejo, es decir, a un modelo de narrar en red esa realidad hecha de nodos imprevistos unidos por enlaces aún más imprevistos, de tal modo que esas pequeñas variaciones llevan a configuraciones de realidad totalmente diferentes. No hablo de algo totalmente disparatado o surrealista, sino de pequeños desenfoques, situaciones extrañas, pero sin llegar a ser alucinantemente raras. Me gusta ese punto de indefinición y subvertir esas historias. Esto, lejos de articular un clásico planteamiento-nudo-desenlace, le da a las novelas un aire de realidad, de cotidianidad real, de organismo complejo, es decir, vivo, como lo es la propia cotidianidad.

Es curioso, pero en tus novelas no aparece ninguna de esas condiciones que exigen a los alumnos en los talleres literarios para que llegue a gustar a un hipotético público general. No hay conflicto, ni violencia, ni política.

Da que pensar, sí. En relación a la triología Nocilla, se da el caso de cómo algo que no cumple ningún requisito supuesto que debe cumplir la narrativa hoy, se convierte en un fenómeno de masas en España, y en más sitios. Claro, al final te planteas, ¿qué pasa ahí? Bueno, pues la singularidad. Que al final lo único que buscamos son las cosas singulares, diferentes. Y creo que la literatura, como todo, tiene una vocación de singularidad. Tú si no eres singular en lo que haces, humildemente, pero singular, no vale.

No vale.

No vale, sencillamente.

El camino del creador es un camino personal, inescrutable.

Por supuesto, uno ha de inventar su propio mapa y su propia técnica –lógicamente, con multitud de influencias de otros autores y otros ámbitos creativos; nadie crea desde la nada–.

¿Qué estás leyendo últimamente? ¿alguna novela interesante?

Novela leo muy poca. Leo mucho más ensayo o poesía. Soy un mal lector de novela. Incluso cuando era pequeño no me interesaba demasiado. Y bueno, no sé, últimamente he leído bastantes cosas, de muy diferente pelaje. Tengo referentes muy dispares, por eso no me gusta leer de forma sectaria. Una de las últimas novela que he leído ha sido la de Ray Loriga, ZaZa, emperador de Ibiza, que es una novela que la crítica ha despachado muy rápidamente y que creo que ahí hace unas reflexiones muy, muy importantes, en torno a la naturaleza humana. Es alucinante las cosas que llega a decir. Os la recomiendo. También he leído la última novela de Ricardo Menéndez Salmón, Niños en el tiempo, que tiene un estilo que nada tiene que ver conmigo, pero que sin embargo, es muy gracioso cómo aparece el nuevo testamento, al igual que en Limbo. No sé, es curioso ¿no?, que sin haberlo hablado, coincidimos en lo mismo con un estilo pretendidamente opuesto. Y qué más… También he leído la última novela de Vicente Valero, Los extraños, y ahora estoy leyendo una novela de una editorial independiente llamada: Aristas Martínez, que se llama: New Mynd, del Colectivo Juan de Madre, que recomiendo vivamente, y que habla, casualmente, de dos gemelas también. Pero que vamos, leo todo tipo de narrativa.

Mi narrativa viene de lecturas dispares y de momentos, también, del arte contemporáneo: de cómo trasladar cosas del arte contemporáneo a la narrativa. Y como en esa traslación siempre se pierde algo, también hay algo que cambia, y puede que alumbres algo nuevo. Otra cosa que también es muy interesante es copiar cosas que te superan, porque cuando intentas copiar algo que ves que te supera, si tienes talento, la copia deja de ser mala, y se convierte en algo diferente.

¿Como el Remake de El Hacedor?

Por ejemplo.

Agustín, concluyamos con una última pregunta, ¿qué me dices de la sobreexposición mediática de la figura del escritor?

Si fuera sólo cuando es la promoción de tu obra, entonces no pasa nada, porque para eso estás, tienes que promocionarla. Lo malo es cuando eso se prolonga durante mucho tiempo. En ese sentido, creo que es un poco nefasto, porque el escritor está para escribir, no para hablar. Es muy curioso cómo hay más gente que está esperando oír a un escritor en una conferencia que leyéndolo. Y dices, pero si yo soy escritor, no un conferenciante, y tampoco hago teatro, ni performance. Escribo, y lo lógico es que se lea. A veces las editoriales tienen que plantearse si los escritores escriben o están de gira promocionando su novela, porque hay un momento en el que para escribir necesitas estar parado en algún sitio. Y luego está el asunto de como hay tanto feedback con los lectores, eso lleva a confundir el discurso. Por ejemplo: gente que no le contestas porque no tienes por qué contestarle, y se enfada, o gente que se confunde y cree que es amiga tuya y no la conoces de nada. Es una cosa que dispara las paranoias, las psicopatías… dispara todo tipo de patologías leves. Y sí, a veces alucinas un poco.

El hombre que salió de la tarta

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